Salmodia Exclusiva en la Iglesia Primitiva

Si la Biblia es nuestra principal norma de fe y conducta ¿Qué importancia puede tener un capítulo dedicado a cuestiones meramente históricas?

Señalar a los hechos y posturas históricas es útil porque si nos encontramos completamente solos en una postura, debemos guardar ciertas reservas hacia esa postura. Si la postura que defendemos aquí carece de apoyo histórico; si es una postura que nunca ningún cristiano antes de nosotros ha adoptado y sostenido, ciertamente, debe ser considerada como una postura poco confiable. Pero si logramos demostrar que es una postura con amplio apoyo histórico, habremos demostrado que no estamos defendiendo una doctrina incierta.

La misma Escritura nos indica que «ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada» (2ª Pedro 1:20). Esto significa que ningún texto bíblico debe ser interpretado bajo al criterio de un único individuo, ni de sus conclusiones personales. Necesitamos de la sabiduría colectiva de la iglesia, necesitamos de otros creyentes. Siempre habrá gente más preparada y piadosa a la que el Espíritu Santo ilumine para comprender la Escritura con una luz que, talvez, no llegue a brillar sobre uno mismo. Y no me refiero únicamente a la ayuda de otros hermanos en la fe actualmente vivos. Gracias a Dios, por medio de los libros, tenemos acceso a la opinión de hermanos que ya no están con nosotros. Cuando lo pensamos bien este es un hecho asombroso. Tenemos dos mil años de desarrollo del cristianismo. Creer que el verdadero entendimiento de la Escritura comenzará a partir de nuestras lecturas personales y privadas sería algo muy arrogante. Seríamos necios si ignorasemos el testimonio de nuestros hermanos en la fe de todos los dos mil años de estudio y reflexión que nos han antecedido. Incluso pecaríamos por menospreciar el trabajo que el propio Espíritu Santo ha hecho en las mentes de otros creyentes, iluminándoles, cuando los ha llevado a la verdad, y permitiendoles dejarnos sus conclusiones en obras magistrales. Cuando hacemos teología debemos ser humildes y recurrir al testimonio de aquellos santos de antaño.

Por lo tanto, estimado lector, permíteme llevarte a visitar ciertos tiempos claves. Veremos lo que ha acontecido en estos dos mil años con respecto al canto de los Salmos en la adoración religiosa a Dios. Por supuesto, como comprenderás, este no es un libro de historia, por lo que no podremos ahondar en el tema. Mis más atentas disculpas si no podemos quedarnos por muchas líneas en cada período.

Antes de iniciar permíteme darte el itinerario del viaje. En este capítulo, visitáremos primero la iglesia primitiva, me refiero a la iglesia de los primero 300 años d.C (y un poco más adelante). Nuestra segunda parada será en el tiempo de la Reforma Protestante. Ya sé, daremos un brinco muy largo, pero valdrá la pena. Después, iremos al tiempo post-reforma, a los reformados que vivieron después de Calvino y a las iglesias que son consideradas herederas de la fe Reformada[1]. ¿Listo? Acompáñame…

IGLESIA PRIMITIVA

«Aquellos que contienden por el uso exclusivo del Salterio de las Escrituras en la alabanza formal a Dios, encontrarán en la historia de la Iglesia primitiva una señal de confirmación de su posición»[2].

Es un hecho muy relevante que, a parte de los salmos del Antiguo Testamento, no existe evidencia de que, durante los primero 300 años de historia cristiana, los creyentes hayan usado otros cantos en el culto público. Así es, al parecer fueron 300 años entonando solo los salmos en el momento de adoración religiosa.

Partiendo desde la era apostólica, podemos decir que la ausencia de una controversia en este sentido, en los primeros años de la iglesia, favorece a la Salmodia Exclusiva, pues supongamos por un momento que desde aquel tiempo los creyentes gentiles comenzaron a introducir cantos de composición humana en la adoración. Entonces, tal como dice el profesor John MacNaugher:

«¿No habría provocado esto una fuerte protesta entre sus hermanos judíos? Los primeros conversos al cristianismo fueron generalmente judíos. Ellos formaron el comienzo de las iglesias en los pueblos y ciudades del Imperio Romano, y por un tiempo debieron haber tenido prestigio y una posición privilegiada. Trajeron con ellos, de la sinagoga, los muy estimados salmos, aquellos salmos que estaban vinculados con sus tradiciones más sagradas, y que se sabía que habían sido empleados por el Maestro, por lo que debieron haber sido considerados como doblemente consagrados. Aferrándose a estos con una reverencia heredada, debieron haberse resentido tremendamente por una himnodia gentil sin inspiración. El hecho, por lo tanto, de que en el tema de la alabanza no haya el más mínimo eco de discordia o controversia en la iglesia apostólica, indica que no hubo intrusión de ningún elemento extraño»[3].

Como dice el reconocido historiador Philip Schaff:

«No nos quedan canciones religiosas del período de persecución (es decir, los primeros tres siglos) excepto la canción de Clemente de Alejandría al Logos divino, que, sin embargo, no puede llamarse un himno, y probablemente nunca fue destinada para el uso público»[4].

Desde una fecha muy temprana los creyentes usaron en sus cultos los salmos encontrados en las Escrituras judías del Antiguo Testamento. Incluso quienes no están de acuerdo con la Salmodia Exclusiva admiten que el primer himnario cristiano para la adoración del culto cristiano fue el libro de los salmos.

Pero nada se compara con recibir el testimonio histórico de primera mano. Basilio el Grande, conocido como uno de los Padres Capadocios (330–379 d.C.), en su homilía al Salmo 1, describe un poco de lo que sucedía en su tiempo y de las prácticas de los creyentes comunes de aquel entonces:

«Cantan los versos de los salmos, incluso en casa, y los difunden en el mercado, y si por casualidad alguien se enoja mucho, cuando comienza a ser apaciguado con las palabras de los salmos, se marcha con la ira de su alma inmediatamente arrullada por medio de la melodía»[5].

Por la manera en la que este Padre Capadocio describe el uso de los salmos entre el pueblo cristiano, es probable que esto fuese algo que ya llevaba tiempo sucediendo en la iglesia y no algo que apenas había iniciado en tiempos de él.

En aquellos días también San Jerónimo, probablemente alrededor del año 386 d.C. escribió acerca del uso cotidiano que los salmos tenían entre los cristianos:

«En la casa de Cristo todo es sencillo y rústico; y excepto en el momento del canto de los salmos, todo es completo silencio. Dondequiera que uno se vuelve, mira al obrero en su arado cantando aleluya; y al que corta el césped, él mismo se alegra con los salmos, y mientras el viñador poda su vid canta una de las canciones de David. Estas son las canciones del país; estos, en la frase popular, son cancioncillas de amor: estos son los silbidos del pastor; éstos el labrador utiliza para ayudarse en su trabajo»[6].

Unos pocos años después recibimos el testimonio de Juan Crisóstomo (347-407) acerca del uso que se le daban a los salmos en su época, o más bien, del obrar del Espíritu Santo en los hombres de aquel entonces con respecto a los salmos:

«La gracia del Espíritu Santo así lo ha ordenado, que los Salmos de David sean recitados y cantados día y noche. En las vigilias de la Iglesia, en la mañana, en las solemnidades funerarias, el primero, el medio y el último es David. En casas privadas, donde las vírgenes giran, en los monasterios, en los desiertos, donde los hombres conversan con Dios, el primero, el medio y el último es David. En la noche, cuando los hombres duermen, los despierta para cantar; y reuniendo a los siervos de Dios en tropas angelicales, convierte la tierra en cielo, y de hombres hace ángeles cantando los Salmos de David»[7].

Existe una evidencia todavía más antigua, que nos remonta hasta el año 112 d.C. Esta es la evidencia más temprana sobre lo que los cristianos cantaban en el culto público. Plinio el Joven escribe a Trajano contándole sobre los cristianos y dice:

«tienen el hábito de juntarse en un día acordado en la semana, antes de que haya luz, cuando cantan en versos alternados un himno a Cristo, como a Dios…»

Esta carta parecera indicar que los creyentes de la iglesia primitiva cantaban otros cantos a parte de los salmos, en la adoración a Dios. No obstante, este no es el caso. La expresión traducida regularmente como: «cantan en versos alternados un himno a Cristo, como a un Dios», en su idioma original, en latín, se encuentra solo en cuatro palabras: «carmenque Christo quasi deo». De las últimas tres palabras, casi podemos adivinar su traducción: «Cristo, como a un Dios». Pero ¿qué significa la palabra «carmenque»? Esta palabra tiene como raíz la palabra «carmen» que, según cualquier diccionario del latín, significa simplemente «canción». Esta canción bien pudiese ser un himno compuesto por hombres o bien pudiese ser un salmo. Plinio el Joven, no especifica. Pero, en cualquier caso, Plinio el Joven no usó la palabra «himno», como a nuestros detractores les gustaría.

Nuestros opositores, además, alegan que las palabras de Plinio implican que los creyentes pronunciaban la palabra «Cristo» en sus cantos, lo cual implicaría que ellos no cantaban exclusivamente los salmos, pero esto no es lo que Plinio dijo. Él dijo que los cristianos cantan «a Cristo como a un Dios». Si yo digo que le canto «a mi esposa como a una musa» ¿significa eso que en mi canto pronunciaré la palabra «esposa»? ¡Evidentemente no! Simplemente significa que es a ella a quien dirijo mi canto. Esto mismo significa lo que Plinio escribió. Los cantos de los cristianos alrededor del año 112 d.C. eran dirigidos a Cristo como si este fuese un Dios. Nosotros sabemos que eran salmos del Antiguo Testamento, dirigidos a Cristo sabiendo que Él es Dios.

El profesor Kenneth Scott Latourette lo afirma de este modo:

«…hasta cerca del final del siglo IV, en los servicios de la Iglesia Católica solo se cantaban los Salmos del Antiguo Testamento y los himnos o cánticos del Nuevo Testamento: los otros himnos eran para uso personal, familiar o privado»[8].

Así que, tal como hemos dicho, fuera del culto nos encontramos en un ámbito muy particular pero dentro del culto en otro. Fuera del culto sí había himnos extra-bíblicos, pero dentro del culto no.

Debe notarse que no estoy diciendo que no poseamos evidencia de la existencia de otros cantos cristianos, lo que digo es que no hay evidencia de que éstos fuesen usados en la liturgia de las iglesias sino hasta finales del siglo IV.

De hecho, los cantos de composición humana fueron introducidos al culto, por primera vez, por los primeros herejes de la Iglesia. Esta no es una opinión sino un hecho y un hecho muy significativo. No hubo cantos sin inspiración en el culto hasta que los herejes los introdujeron.

Bardaisan, también referido como Bardesano, Bardesan o Bardesanes, sospechoso de herejía a fines del siglo dos, poseía una colección de ciento cincuenta himnos no bíblicos[9]. Al parecer, otros herejes como Pablo de Samosata y Apolinar también tenías sus composiciones.

Agustín de Hipona, en el año 430 d.C habla de los donatistas diciendo: «los donatistas nos acusan de que en la iglesia salmodiamos con sobriedad los divinos cánticos de los profetas, mientras ellos inflaman su embriaguez al son de los salmos compuestos por el ingenio humano»[10].

Agustín habla de «salmos compuestos por el ingenio humano», para referirse a cantos inventados por hombres y no entregados a la iglesia por Dios, en la Escritura. Y, por si fuera poco, habla de estos como de algo errado.

Pero fue Arrio, el mayor hereje de la antigüedad, quien dijo: «Déjenme hacer las canciones del pueblo y no me importará quién haga sus leyes». Arrio sabía que mientras que pudiese esparcir sus enseñanzas por medio de melodías compuestas por él, sus ideas serian imparables. Así lo hizo y su éxito, lamentablemente, no fue poco.

Esto parece haber sido una práctica estándar entre los movimientos heréticos[11]. Históricamente, fueron las iglesias que coquetearon con el error las que incluyeron canciones de composición humana en el culto público; mientras que las que, por gracia de Dios, perseveraron en la pureza de la doctrina, terminantemente rechazaron las alabanzas de composición humana y sin autorización bíblica.

No fue sino progresivamente y poco a poco que los cantos no inspirados comenzaron a aceptarse y cantarse en las iglesias, pero no sin oposición y lucha por parte de creyentes bíblicos y celosos por la adoración.

Esto es algo que incluso quienes favorecen el uso de himnos no bíblicos aceptan, a pesar de que quieran llamarle «prejuicio», como en el caso del hermano C. Northcott:

«En la Iglesia Occidental, los himnos tardaron en ganar aprobación debido al prejuicio contra las alabanzas no-Escriturales. No fue sino hasta cerca del final del siglo cuarto que comenzó a practicarse el canto de los himnos en las iglesias»[12].

Ya en el Sínodo de Laodicea (343 d.C.) en el Canon 59 puede leerse que el sínodo prohibió: «los salmos compuestos por individuos en privado» como también prohibió la lectura de «libros no canónicos».

Algunos años después de aquel concilio, fue Agustín de Hipona (430 d.C.) quien dijo: «Y no deseéis cantar sino aquello que está mandado que se cante; pero lo que no está escrito para ser cantado, que no se cante»[13]. ¿Mandado dónde y escrito dónde? La respuesta debe ser evidente ¡Mandado en las Escrituras y escrito en las Escrituras!

Después, el Concilio de Braga (561 d.C.) dejó establecido en su Canon 12: «No debe cantarse ninguna composición poética en la iglesia excepto los salmos del canon sagrado.»

Toda esta evidencia hace innegable que la práctica común de las iglesias antiguas fue la de cantar exclusivamente material bíblico y no introducir al culto público canciones inventadas por la mente humana.

Lea el segundo artículo de esta serie: Salmodia Exclusiva en la Reforma Protestante


[1] Casi todo lo que expondré en este capítulo lo he sacado de “Sing the Lord’s Song” de John Kiddie.

[2] J. Harper, The Psalter in the Early Church (Pittsburgh: 1891), p. 24.

[3] A Special Exegesis of Ephesians 5:19 and Colossians 3:16, Prof. John McNaugher, D. D., LL.D., Allegheny, Pennsylvania, USA

[4] Philip Schaff, The Psalms in Worship, p. 111.

[5] Homilía del Salmo 1

[6] Carta 46 de San Jerónimo

[7] Homily XIX on Eph 5:15-17, NPNF1-13

[8] A History of Christianity, p. 207

[9] Íbid p. 207

[10] Agustín, Epístola 55,18.34.

[11] G. I. Williamson, The Singing of Psalms in the Worship of God

[12] C. Northcott, Hymns in Christian Worship (London: 1964), p. 19.

[13] Agustín, Regla de san Agustín 3,4.

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